Operacion “Flecha Rota”. Las bombas de Palomares.

El 18 de enero se habían recuperado las tres primeras bombas y la cuarta apareció más tarde, a 8 kilómetros de la costa andaluza

“Hagan todo lo que esté en sus manos para recuperar las bombas”. Así de tajante se mostró el presidente de EEUU, Lyndon. B. Johnson, nada más salir de la cama el 17 de enero de 1966, y desayunar con el mensaje de que un B-52 cargado con armas nucleares se había estrellado en el aire contra su avión cisterna sobre la costa española de Almería.

La inmediata orden telefónica dirigida a las siete de la mañana, hora de Washington, a los secretarios de Estado y de Defensa –Dean Rusk y Robert Mcnamara respectivamente- ilustraba la preocupación de la Casa Blanca ante lo que las fuerzas aéreas estadounidenses denominan ‘Broken Arrow’ -Flecha Rota-: armas nucleares desaparecidas y posible riesgo de radioactividad en la zona. Cuatro bombas termonucleares del tipo B-28 -o Mark 28- con una capacidad destructiva de 1.5 megatones; aproximadamente 100 veces cada una la potencia de las bombas que en 1945 borraron del mapa Hiroshima y Nagasaki habían desparecido.

Al día siguiente por la noche, el presidente recibiría confirmación del accidente nuclear y del estado del rescate de las bombas según un memorando de la Casa Blanca: “Dos de los artefactos nucleares que transportaba el B-52 estrellado ayer en España sufrieron la detonación del explosivo convencional [ en su mayor parte TNT o trinitrotolueno]. Aunque no se produjo una reacción nuclear, esa detonación puede causar un riesgo de radiaciones”.

La embarazosa información del día 18, admitiendo la posibilidad de un desastre nuclear marcó el inicio de la política del apagón informativo, el definitivo distanciamiento de la presidencia de EEUU -que jamás comentará una sola línea sobre el siniestro- y la subordinación del Gobierno español a las autoridades militares de EEUU en las labores de desescombro, rescate de armas nucleares y limpieza radioactiva. Además, la prensa controlada por el Régimen se acomodó dócilmente al secretismo que trataban de imponer los norteamericanos y sólo publicarían tímidas y tranquilizadoras noticias, siempre a remolque de las revelaciones de la crítica prensa extranjera.

Dos aviones en llamas

Los accidentados B-52 y KC-135 -denominados Tea 12 y Troubadour 14 respectivamente- no eran los únicos que volaban la mañana del 17 de enero sobre las costas de Almería. Según el informe del departamento de defensa de EEUU, a unos metros, una pareja ‘gemela’ formada por otro bombardero B-52 –Tea 16– y su correspondiente avión cisterna –Troubadour 12– realizaban la misma operación de repostar en el aire. Ambos vienen de meter miedo a los soviéticos: formaban parte de las rutinarias misiones disuasorias con armas nucleares sobre la frontera de la URSS. Aproximadamente a las 10:15 uno de los tripulantes del Troubadour 12 comunicó a su piloto que una gran bola de fuego acababa de estallar en el aire, seguida de lo que parecía ser la parte central de un ala de avión suelta dando vueltas sin rumbo: definitivamente algo no iba bien.

En ese momento, en la localidad de Palomares, Miguel Castro Navarro, un agricultor de tomates, contempló una tremenda explosión en el nítido cielo azul seguido de una lluvia roja y negra producida por el carburante en llamas del avión cisterna. No es el único testigo, muchos otros habitantes que estaban acostumbrados a ver como los aviones repostan desde el aire -una operación habitual sobre el cielo de Palomares- siguieron el suceso.

Grandes pedazos de metal incandescente, algunos tan grandes como una casa típica del pueblo, se precipitaron con enorme violencia sobre el suelo, según una crónica publicada días más tarde en el New York Times. La agencia Associated Press que fue la primera en enterarse de la noticia informó: “Los escolares de camino a sus clases oyeron el metal desgarrándose y después densas nubes de humo emergían de los dos aviones mientras caían en picado esparciendo restos ardiendo en una amplia zona”. Para entonces, tanto el mando aéreo estadounidense de la base de Morón, Sevilla, como el Tea 16 y el Trobadour 12 habían perdido el contacto con los dos aviones, y sus peores sospechas se confirmaban cuando apenas unos minutos después, el piloto de un avión de transporte de las fuerzas aéreas españolas comunica a su torre de control que acababa de presenciar el accidente entre los dos aviones.

En pocos minutos se suceden las informaciones de barcos y aviones españoles que están por la zona y comunican por radio el siniestro: varios pescadores observan distintos paracaídas descender del cielo, y recogen a tres de los supervivientes que caen en el mar. La Guardia Civil, que es la primera en presentarse en el lugar del accidente comienza a remitir informes a la base de Morón, y hace una primera valoración del siniestro y los heridos. Como resultado de la colisión, los cuatro tripulantes del avión cisterna que estalla en llamas en pleno vuelo mueren en el acto, mientras que de los siete miembros que viajan en el bombardero B-52, cuatro sobreviven tras lanzarse con éxito en paracaídas. Pero ni la Guardia Civil ni los habitantes de Palomares sabían nada aún sobre el peligro de las bombas.

Primeras Reacciones

Sin embargo, cuando en la base de Torrejón el general Delmar Wilson, jefe al mando de la 16ª fuerza aérea en España, recibe a las 10:40 noticias del accidente, comprende rápidamente la magnitud de la catástrofe y tras avisar a Washington y a sus superiores del Mando Estratégico Aéreo en Omaha, Nebraska, (Strategic Air Command en inglés, o SAC, máximo organismo responsable de la misión de los bombarderos) sale a toda velocidad hacia la cercana base de San Javier en Murcia para visitar cuanto antes el lugar del accidente y valorar la situación.

Su repentina marcha de la base de Madrid será una de las razones clave para que la prensa sospeche en los días siguientes que no se trata de un simple accidente aéreo, si no de algo más grave. La noticia también le llega al General Stanley Donovan, jefe de todas las operaciones militares conjuntas entre EEUU y España, que es el que avisa a su vez al general Muñoz Grandes, vicepresidente del Gobierno, de que ha habido un accidente en el que están involucradas armas nucleares.

Un poco más tarde los militares norteamericanos también notifican a la embajada de EEUU en Madrid el desastre, pero no se consigue comunicar con el embajador, Angier Biddle Duke, que se encuentra fuera de la embajada en una reunión con industriales norteamericanos. Tras ser localizado, el diplomático no duda en dirigirse en el mismo coche que ha ido a recogerle hacia el Ministerio de Asuntos Exteriores para avisar personalmente al ministro. Sin embargo, Fernando Castiella tampoco está localizable.

Según Tad Szulc, cronista del New York Times y que más tarde escribiría un libro sobre las bombas de Palomares, Duke habla finalmente con el subsecretario de Asuntos Exteriores, Pedro Cortina Mauri -que más tarde ocuparía el cargo de ministro de Exteriores- al que le pide la cooperación del Gobierno español y le sugiere diseñar una política de comunicación común. El subsecretario adelanta la postura del Régimen en los próximos días al preguntar al embajador si los vuelos con carga nuclear sobre suelo español cesarían, pero a pesar de no obtener respuesta por parte del embajador -que no puede dársela- ofrece el apoyo de España. Hacia mediodía, todas las autoridades están al tanto.

La rapidez con la que los norteamericanos se movilizan durante esa mañana responde a que se ha puesto en marcha el mecanismo de respuesta del Broken Arrow, que unas horas más tarde confirmará con un apremiante tono el presidente Lyndon B Johnson. En definitiva, y a pesar de que durante semanas se insistirá machaconamente desde ambos Gobiernos en la ausencia de peligro para la salud pública, lo cierto es que los norteamericanos montan en muy pocas horas un dispositivo de seguridad notable y despliegan a cada hora que pasa un mayor número de personas y equipos, lo que parece indicar justamente lo contrario de lo que se quiere dar a entender entre el mismo día 17 y 18, cuando tan sólo se habla de un accidente aéreo.

Mientras, los confiados habitantes de Palomares y los Guardias Civiles, ayudan a los heridos y se acercan a los escombros, expuestos a la más que probable radiación de los artefactos nucleares dispersados en el accidente. Todos consideran un milagro que tras la violencia y cercanía de los impactos sobre el pueblo almeriense, no haya habido ningún herido ni ningún destrozo de importancia.

Una bomba, dos bombas, tres bombas

A mediodía, el mando aéreo estratégico de EEUU tiene desplegados ya en los alrededores de Palomares unas 40 personas de la base de Morón y otros tantos están en camino. Sus objetivos principales son buscar las cuatro bombas que llevaba el B-52 y chequear la zona del siniestro para comprobar si se han producido radiaciones. Las primeras pruebas realizadas por los norteamericanos en los alrededores del desastre descartan una detonación nuclear, pero aún tienen que encontrar cuatro bombas “en alguna parte de la creciente oscuridad” como reza el informe de defensa.

La primera bomba se localiza hacia el final de la tarde tras el aviso de un Guardia Civil, a unos 270 metros de la playa. El paracaídas que llevaba para amortiguar la caída está abierto y la bomba parece que está intacta; los tests de radiación dan negativo. Ya por la mañana se encuentra la segunda bomba en un cráter de seis metros de diámetro y dos de profundidad; evidentemente, el explosivo convencional ha sido detonado liberando parte del plutonio, y los militares hablan de una “presencia significativa de contaminación alfa en el área”. Una hora más tarde se encuentra en los límites del pueblo la tercera bomba, que como la anterior, también ha explotado, dejando escapar radiación producida por el plutonio.

El daño no es catastrófico pero sí considerable; la secuencia de detonación necesaria para conseguir la reacción nuclear se ha evitado, pero las explosiones convencionales han liberado plutonio -y quizás parte de uranio- y por tanto, radiación de partículas alfa. De las tres partículas que emiten estas bombas termonucleares, las alfa, beta y gamma, las primeras son las menos peligrosas ya que permanecen prácticamente estáticas -como una nube de polvo- y no pueden atravesar la piel. No obstante, pueden ser inhaladas -la forma más peligrosa- o ser ingeridas al estar presentes sobre los alimentos, aunque en este caso si la concentración no es muy alta pueden pasar a través de sistema digestivo sin que se produzcan daños.

En cualquier caso, los riesgos de estar en contacto con altas concentraciones incluyen posibles efectos cancerígenos sobre el organismo. En ese momento se considera que es difícil que la gente haya recibido directamente la radiación, pero la tierra, la vegetación y algunos cultivos están con toda seguridad contaminados. Las tres primeras bombas se han recuperado en unas 24 horas, sin embargo, la cuarta sigue sin aparecer por la noche del día 18.

El equipo de rastreo comienza a barajar al día siguiente que haya podido caer al mar. Un pescador llamado Francisco Simo y Ort, más tarde conocido como Paco el de la Bomba, asegura haber visto un cuarto paracaídas -además de los tres pilotos- cayendo al mar con lo que parece ser “un medio hombre” y que no es más que la cuarta bomba. Aunque el equipo que rastrea por tierra no abandona hasta principios de febrero la búsqueda, se cree casi seguro que la bomba termonuclear que falta se ha perdido en el mediterráneo.

Mentiras arriesgadas

A esas alturas el enorme trasiego de militares, los equipos antirradiación, las máscaras, los trajes y el significativo cordón de seguridad en toda la zona, convencen a la prensa que se trata de un accidente en el que están involucradas bombas nucleares. Hasta ese momento la única comunicación oficial ofrecida por las autoridades de EEUU es la del día 17 en la que sólo se habla de los dos aviones colisionados, y en la que se asegura que los militares desplazados son un equipo de investigación de la fuerzas aéreas de EEUU, sin embargo, todas las medidas tomadas parecen formar un inmenso cartel que diga “Riesgo Nuclear en la Zona”.

Por su parte, la prensa española se ha limitado en los dos primeros días después de la tragedia a hablar del accidente aéreo y de la inmensa suerte de que nadie en el pueblo resultara herido, a pesar de la proximidad de los impactos. La agencia United International Press es la primera en abrir fuego e informar al día siguiente sobre lo que ya parece un secreto a voces: “Estados Unidos pierde un artefacto nuclear” se puede leer publicado en el New York Times el día 20 de enero: “personal de las fuerzas aéreas fueron vistos buscando un artefacto atómico que se da por hecho que fue perdido tras la colisión de un B-52 en España”. La noticia no tiene confirmación oficial pero los argumentos parecen irrebatibles ya que los periodistas observan en la zona a cientos de soldados norteamericanos equipados con detectores Geiger, un instrumento para medir la radioactividad.

El jefe de información de la 16 fuerza aérea, el Coronel Barnett Young, tras ser preguntado para qué necesitan los soldados los detectores Geiger contesta con un lacónico y elocuente: “¿Para qué creen que se utilizan habitualmente los contadores Geiger?”. Inevitablemente el tema del día es por tanto, la cuarta bomba que aún no se ha encontrado y el peligro de radioactividad en la zona, por mucho que se insista en no confirmar la evidencia.

Con toda la carne ya en el asador, la política que va a tomar el Régimen respecto a la crisis en los días siguientes va a consistir en reclamar a EEUU el cese de los vuelos con armas nucleares sobre suelo español, la cooperación total con los militares norteamericanos en las labores de rescate y limpieza, y la menor trasparencia posible en cuanto a comunicación, evitando siempre que se pueda hablar de bombas o radiaciones nucleares. Además de la inicial respuesta de Exteriores, el vicepresidente Muñoz Grandes insiste al General Donovan, según un telegrama de la embajada norteamericana enviado al departamento de defensa el día 21, en que se suspendan los vuelos de los B-52 sobre territorio español.

La postura se verá reforzada cuando el 28 de enero tras una larga reunión de las cortes, Manuel Fraga Iribarne, comunique oficialmente que se prohíbe a los aviones norteamericanos cargados con bombas nucleares sobrevolar España, aunque cuatro días antes los EEEU ya habían anunciado la medida fruto de las presiones españolas.

El tema no acaba ahí, la URSS aprovecha la situación para presionar a los norteamericanos y denunciar en la ONU el en los primeros días, que se ha incumplido el tratado sobre prohibición de pruebas nucleares y Francia se apunta al carro para revisar su participación en la OTAN aludiendo que quiere salir de la estructura militar y así evitar accidentes como el de España. Incluso el Régimen intenta sacar partido denunciando que en Gibraltar hay bases de la OTAN que también ponen en peligro la península, con el objeto de resionar para la recuperación del peñón, uno de los temas insistentes ese año y el siguiente. No obstante ni rusos, ni franceses, ni españoles sacarán nada en claro del asunto.

Respecto a la gestión del accidente, España se encuentra con que según los tratados firmados con EEUU corresponde a éstos dirigir las labores de rescate y desescombro siempre y cuando se trate de material norteamericano -como es el caso- quedando además la vigilancia y control de la zona delimitada bajo un mando conjunto. No hay ningún inconveniente, efectivos de la Junta de Energía Nuclear -JEN- se desplazan a Palomares para colaborar con lo militares norteamericanos y hacer las primeras evaluaciones sobre posibles radiaciones en los ciudadanos y en el entorno. De la misma forma, se ofrece cooperación para la búsqueda de la cuarta bomba desaparecida.

En cuanto a la política informativa, la tónica general consiste en informar poco y repetir hasta la saciedad lo que los mismos norteamericanos venden: no existe ningún riesgo para la salud y todos los alimentos procedentes de la zona son absolutamente seguros. Con todo, la prensa internacional habla ya de accidente nuclear y se ocupa de informar sobre la cuarta bomba perdida, extremo que EEUU no confirma pero tampoco desmiente.

El artefacto perdido

Si cabía alguna duda respecto a que las fuerzas aéreas han perdido una bomba-H en el mediterráneo, quedan resueltas con una exclusiva de John Finney en el New York Times del día 27 –Submarinos de investigación buscarán la bomba perdida– en la que el Pentágono admite el envío a España de un par de batiscafos especiales para hallar el cuarto artefacto. Aunque increíblemente EEUU mantenga su política de secreto sobre las armas nucleares, la filtración intencionada viene de perlas para distraer la atención sobre las labores de descontaminación nuclear en el pueblo de Palomares.

De hecho, la prensa española se ocupará principalmente durante todo febrero de informar sobre los progresos de los submarinos Alvin y Aluminaut que finalmente comenzarán a sumergirse en España a mediados de mes.

De esta forma, se evita un mayor seguimiento de la contaminación nuclear. Como ejemplo, el día cinco de febrero La Vanguardia Española publica Intensos trabajos para la localización definitiva del artefacto nuclear perdido frente a Almería y debajo Las radiaciones detectadas son completamente inofensivas que sigue “Las medidas de seguridad adoptadas por las autoridades españolas han sido incluso calificados de excesivas por los técnicos norteamericanos. Dichos técnicos han afirmado que para que las radiaciones tuviesen un efecto perjudicial hubiese sido necesario que esas radiaciones fuesen cincuenta veces mayores“.

La Voz de Almería publica unos días después una nota de la jefatura de Sanidad: “Ante las numerosas consultas efectuadas a esta jefatura, se pone en conocimiento del público en general que no existe ni ha existido caso alguno de carácter higiénico sanitario que impida el consumo de pescado fresco”. De hecho, si algo preocupa a los habitantes de Palomares tras los rumores de la nueva palabra “radioactividad” que se oyen por la zona, no es ya el riesgo para su salud, si no las consecuencias negativas que les puede acarrear para sus negocios, como que la gente rechace sus tomates, no compre sus pescados y no quiera ir a hacer turismo.

Además, la falta de información es total, Tad Szulc explica en el New York Times “Los militares con la ayuda de la Guardia Civil han cerrado campos dónde los tomates esperan ser recogidos. Los agricultores tienen prohibido entrar aún cuándo no se les explica claramente porqué. Los de Palomares han visto a norteamericanos con máscaras verdes y extraños objetos quemando tomates y judías. No saben que las máscaras son anti-radiactivas, que los aparatos son detectores Geiser y que su pueblo está bajo sospecha de contaminación nuclear”.

Una de las consignas clásicas de la información franquista va a ser que el pueblo es tan seguro que ni siquiera se ha evacuado. Mientras, se sigue casi a diario las evoluciones de los submarinos que buscan incesantemente la cuarta bomba como si de una película de James Bond se tratara. Por desgracia, si a algo se parece la crisis es más bien a la película de Stanley Kubrick ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú (1964) estrenada tan sólo dos años antes y en la que en clave de sátira se denuncia precisamente las operaciones de los B-52 como el que se había estrellado en España.

La misión disuasoria que tenían encomendada estos bombarderos por el mando aéreo estratégico de EEUU propiciaba misiones de 24 horas con material nuclear a bordo, haciendo buena la definición del Dr Strangelove interpretado por el actor Peter Sellers: “La disuasión es un arte que consiste en mantener siempre al enemigo con el miedo a ser atacado”.

El chapuzón

Además de buscar la bomba perdida las autoridades de ambos países tienen que hacer frente a lo inevitable: las dos artefactos detonados han contaminado al menos en parte una zona que debe ser limpiada. Según los informes del departamento de defensa de EEUU elaborados en 1975 y desclasificados en 1998, los equipos que chequearon los lugares donde habían caído las dos bombas detonadas, encontraron que una “contaminación alfa estaba presente en casi toda el área”.

Los norteamericanos y el JEN que dirige José María Otero Navascues comienzan desde los primeros días a medir la radiación emitida por el Plutonio, para delimitar el área a descontaminar. Pronto advierten que los lugares identificados por las bombas dos y tres conforman una misma área radioactiva que corre a través del pueblo. En concreto, el informe de defensa admite que en los cráteres dejados por las bombas la medición según los monitores PAC 1S es de 2.000.000 de CPM -cuentas por minuto- o superior, porque ese es precisamente el límite de la máquina.

Por su parte en un entrevista del día uno de marzo, el director del JEN, José María Otero Navascués, explica que el nivel de seguridad total se encuentra por debajo de 60.000 CPM. Sin embargo, los niveles máximos de los cráteres se reducirían mucho en el resto del pueblo. Navascués estima en la misma entrevista que alrededor de seis hectáreas son las que se encuentran por encima del nivel considerado de seguridad, aunque los norteamericanos dan otras cifras: dos hectáreas desde 60.000 hasta por encima de 100.000 CPM y 17 entre 7.000 y 60.000 CPM. Tras varias negociaciones con el JEN que los norteamericanos calificaron más tarde como una “prueba difícil” se decide que toda la tierra contaminada a un nivel de 60.000 CPM o por encima de él sea levantada y sacada fuera de España, mientras que aquella con niveles entre 40.000 CPM o menores sea removida a diez cm de profundidad.

La tierra que se considera contaminada se almacena en tanques y barriles que más tarde los americanos enterrarían en un cementerio nuclear en Carolina del Sur. Pasados 40 años, aún se tomarían medidas sobre el suelo de Palomares basada en la sospecha de que la tierra removida para la construcción pudiera ser peligrosa para la salud, incluso cuando ya entonces se considerara con unos niveles seguros.

Las declaraciones de Navascués tienen por otra parte la virtud de desbloquear el obstinado silencio de las autoridades norteamericanas, que el día tres de marzo, después de publicar un informe de sus científicos a remolque de las declaraciones del director del JEN, admiten por primera vez la pérdida de la bomba en el Mediterráneo, nada menos que 44 días después de que se produjera el accidente. La confirmación sólo tiene un carácter simbólico pero supone reconocer además la detonación convencional de otras dos bombas y su inevitable radiación.

Acorde con esta nueva política informativa se prepara un acto en la playa de Quitapellejos en la que el Embajador Duke y el ministro de Información y Turismo Fraga Iribarne se pegan el histórico chapuzón para garantizar a España y al resto del mundo que la costa de Almería no esta contaminada con radiación. El baño, a parte de demostrar que Fraga tiene por entonces una figura envidiable, cala hondo en la población y eso sin que en realidad garantice nada, ya que en ningún caso se baraja la explosión de la bomba perdida en el agua.

El 17 de marzo por fin se localiza la bomba, prácticamente dónde Francisco Simo Orts –Paco el de la bomba– ha insistido varias veces que la vio caer pero no se recuperará definitivamente hasta el ocho de abril. Los estadounidenses habían recurrido, sin embargo, a sofisticados métodos para calcular la trayectoria de la bomba, recreando incluso el escenario del accidente para calcular las trayectorias. Aunque los pescadores hubieran señalado la zona aproximada de la bomba -que por otra parte al principio se ignora por completo- la búsqueda seguía siendo como encontrar una aguja en un pajar.

El área que las fuerzas especiales rastrean es aproximadamente de 200 km cuadrados que en el mar son especialmente grandes teniendo en cuenta la profundidad. Según la revista Time120 buceadores de la marina se sumergen hombro con hombro a lo largo de cinco millas de costa mientras que los barcos peinan la zona con sensores de sonar ultrasensibles. Aún cuándo se hubiera prestado más atención desde el primer momento a las indicaciones de Paco el de la Bomba y otros pescadores también testigos del accidente, los norteamericanos se justifican explicando que el paracaídas podía haber servido para que las corrientes marinas lo arrastraran o incluso que a lo largo de los días se hubiera hundido en el barro.

Con todo el guión ya escrito, la sensación que permanece en España durante esos años es que el accidente podía haber sido un catástrofe monumental -que no fue- lo que no evita que sí fuera un gran desastre, aunque en general se creyera que todo se había quedado en agua de borrajas. Los habitantes de Palomares reciben casi inmediatamente compensaciones económicas por parte de EEUU que un año más tarde también financian un planta desalinizadora que revitalizaría su agricultura. Las radiaciones producidas por el accidente produjeron cáncer en algunos habitantes aunque la mayoría de los estudios realizados entonces dieron una tasa de contaminación casi inexistente. Tan sólo dos años más tarde otro avión B-52 se estrella en la isla de Thule en Groenlandia con cuatro bombas idénticas dentro.

Artículo publicado en “El Mundo”

http://www.elmundo.es/la-aventura-de-la-historia/2015/10/19/5624d7f4268e3e04348b45fe.html

Damian Requena

Licenciado en Com. Audiovisual. Especialidad en Publicidad y Ficción. Empedernido del cine, las series, cómics y fantasía en general.

5 thoughts on “Operacion “Flecha Rota”. Las bombas de Palomares.

  1. Or it’s more accurate to say it’s strange that they couldn’t save themselves rather than their planet. It seems Supermen could survive an event like this (unless the whole planet collapses on him, perhaps).

  2. Realmente nunca descubriremos lo que ocurrió ese día, es un capítulo de nuestras cloacas que ni Iker Jimenez es capaz de desenmarañar. No era nadie el tito Fraga

  3. Que cantidad de datos, intenta simplificarlo un poco para que lo entendamos mejor, por lo demas muy interensante, ¿Has oido hablar del Humanoide de wercal? sería muy interesante que hablaras de ello, si quieres dejame tu mail y te paso información

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