Las Bombas de Palomares

El 17 de enero de 1966 amaneció con cielo azul, mar picado y fuertes rachas de viento. El sol del invierno apenas calentaba el desierto de Almería. A las 9.22 horas de la mañana (hora Zulu, es decir, hora de Londres), cuatro aviones militares se divisan desde la pedanía de Palomares (Almería) como tantas otras veces desde el comienzo de la llamada Guerra Fría. Pero ese día algo era diferente.

Mientras dos de ellos esperaban su turno, un bombardero B-52, que debía regresar a EEUU después de que el mando militar decidiese que no debía lanzar las cuatro bombas atómicas que llevaba en su bodega sobre territorio ruso, se acercaba al avión de reabastecimiento que debía recargar sus tanques de combustible cuando los pilotos del B-52 notaron que algo iba mal.

De pronto, el avión de reabastecimiento ardió en llamas y los tripulantes del bombardero accionaron los asientos inyectables y abandonaron la nave, conscientes de que no serían capaces de reconducir la situación. Sólo cuatro de los siete tripulantes del B-52 sobrevivieron. Nadie en la otra aeronave.

Las cuatro bombas termonucleares -65 veces más destructivas que las de Hiroshima-, mezcladas con una lluvia de pedazos de los fuselajes de ambos aviones, en llamas tras empaparse del combustible derramado por la aeronave nodriza, cayeron sobre ese pequeño pueblo almeriense. Ninguna de las bombas estalló y ni uno sólo de los pedazos ardientes de los aviones causó daño alguno. Una de ellas cayó en el mar provocando una masiva operación de búsqueda y rescate en medio del más absoluto secretismo impuesto por el Pentágono y la dictadura de Franco. Y dos de las que chocaron con el suelo se rompieron contaminando con plutonio una enorme zona y sellando a Palomares con el marchamo nuclear para siempre.

El próximo domingo se cumplen 50 años de aquel accidente. La efeméride ha sido aprovechada por el periodista Rafael Moreno para publicar la obra La historia secreta de las bombas de Palomares, que acaba de llegar a las librerías esta semana. El ensayo revela, tras 20 años de investigación y después de analizar documentos desclasificados por EEUU, la verdad silenciada por España y Estados Unidos durante décadas.

 

El célebre baño en aguas de Palomares del entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, menos de dos meses después del accidente para demostrar que no existía radiactividad en la zona, no fue el único intento de ocultar la verdadera importancia de la ruptura de aquellas bombas. Antes incluso de entrar en los detalles de los documentos desclasificados por EEUU a Moreno, la obra arranca con dos reveladoras citas que se explican por sí solas:

 

http://www.elmundo.es/ciencia/2016/01/15/5697a7ee22601dc2088b4607.html

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